La estación

Llevados del terror por la espera,
los jóvenes abandonaron el banco de la estación.
Su pintura
apenas cubre ya el deseo de los cuerpos,
desconchados y próximos.

La piel se hizo menos paciente
que las entrañas. Los jóvenes,
por eso,
dejaron de mirar al tren como quien recuerda.

Los niños y las niñas
ya no sonríen a los pasajeros
con sus manos.

Cada cual tiene su posesivo:
Mi dolor en los dedos.
Nuestro amor extraviado.
Su estación
y tu pelo.

Llevados por la indiferencia
sobre las ruinas de la estación,
los jóvenes tropiezan otra vez con el acero
circular del tiempo.

Su sangre
es todavía roja y llena cauces,
es espesa e inunda
subterráneos ríos que van a manantiales.

Los niños y las niñas
ya no sonríen a los pasajeros con sus manos.
Manchadas las traen de sangre
de las fuentes.

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