La espiral

Más tarde, todo estaba perdido.
Los árboles,
antes de mi desengaño infundidos
y elementales como bastones
de mar,
ahora corpulentos y deshumanizados en la tierra,
suplicaban al tiempo, que nadie les expuso,
y a lo cierto, que nunca vieron.

Ramas numeradas y geométricas
iban repitiendo su nombre por el suelo impregnado
de ocre y sal.

En la última órbita del perfil absoluto
las letras mueren.

Lo callado hasta hoy,
lo que nunca he escrito
y lo ignorado para siempre
se desliza como líquido entre las cortezas muertas
y una bandada ancha de aves
que parten mi frente pálidas

como animales.

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