A una niña que se perdió

(Más allá de la infancia,
sólo podemos ser niños
si además somos libres).

La niña que se perdió
accedió ingenuamente al contrato del íntimo beso
y aceptó sin mayor objeción la hermandad del secreto.
Sin dudar entregó la verdad de su amor luminoso
al abismo recóndito y fugaz de los sexos.

La niña que se perdió
quiso verse otra vez en la piel de sus sueños primeros,
y beber simplemente el licor del instante más cierto.
Sonreía, dejándose hacer a la luz de mis ojos
como una cuerda templada y sensible a mis dedos.

La niña que se perdió
encontró más aplomo afirmando el vigor de sus gestos
y se fue, para no verse atada, alejando del cerco.
Para no ser de nadie, quitó de su ropa el cerrojo,
y así una noche dejó de ser suyo su cuerpo.

La niña que se perdió se perdió para mí,
que sin ella estoy vacío, pero que aún me tengo.
La niña que se perdió se perdió para sí,
y ella no tiene suyo nada más que mi hueco.

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